28 jun. 2012

No todo era oro en la "nueva tierra"

Conquistar, y especialmente colonizar, la zona  del Río de la Plata no fue tarea fácil para los europeos. No sólo la falta de recursos para asentarse perjudicó a los pobladores europeos, sino también la hostilidad de los nativos americanos que veían en el extranjero un intruso que debía ser expulsado. Ya el viaje de Solís pesaba como antecedente de lo conflictiva que podía resultar esta zona para los europeos, y un claro ejemplo son las peripecias que sufrieron los habitantes de lo que fue la primer fundación de la ciudad de Buenos Aires:
Pedro de Mendoza fue nombrado en 1534 Primer Adelantado, Gobernador y Capitán General, por el rey Carlos I de España. Partió el 24 de agosto de 1535 desde Sanlúcar de Barrameda, con el encargo de fundar al menos cuatro ciudades. Su expedición estaba integrada por más de mil doscientos hombres trasladados por catorce navíos, además de caballos y vacas que al escapar y reproducirse formaron las primeras manadas, alcanzando para la llegada de Juan de Garay, miles de animales.
La primera fundación de lo que Mendoza llamó Puerto de Nuestra Señora Santa María del Buen Aire, ocurrió el 2 de febrero de 1536 (o 3 de febrero según algunos historiadores), muchos aseguran que su función no era la de convertirse en ciudad, sino que cumplir el motivos estratégicos en la defensa de la zona. El fuerte estaba construido en forma precaria, rodeado por un muro de tierra de 150 varas por lado y casi dos metros de alto, y una fosa con una palizada. En el fuerte había varios ranchos construidos de barro y paja, utilizados como viviendas, y cinco iglesias.
Con el correr del tiempo la población comenzó a diezmar debido a las enfermedades, los ataques indígenas, las peleas internas y, sobre todo, la imposibilidad de obtener una cantidad considerable de víveres. La zona estaba habitada originariamente por los querandíes, que comenzaron a atacar el fuerte causando numerosas muertes. Para abril de 1537 Mendoza envió a Juan de Ayolas hacia el norte, bordeando las costas del Río Paraná, con la misión de obtener víveres para el fuerte. Al morir Ayolas, la tarea quedó a cargo de Domingo Martínez de Irala, quién se dirigió al fuerte de Asunción.
Pedro de Mendoza, estando muy enfermo dejó la expedición en manos de Irala y volvió a España en abril de 1537, muriendo en el viaje. A finales de 1538 llegó a la zona del Río de la Plata el veedor real Alonso de Cabrera, quien portaba la Real Cédula que designaba al sucesor de Pedro de Mendoza, Juan de Ayolas, quién había muerto durante la expedición. Al dirigirse a Asunción Cabrera designó, en lugar del fallecido Ayolas, a Domingo Martínez de Irala, quien ordenó el abandono y destrucción del fuerte de Buenos Aires: "Por cuanto yo, Domingo Martínez de Irala, teniente de gobernador por el muy magnífico señor Juan de Ayolas, gobernador y capitán general de estas provincias del Río de la Plata, por suma he determinado de llevar la gente que estaba en el puerto de Buenos Aires para la juntar con la que está arriba, en el Paraguay...”. Los habitantes del fuerte finalmente fueron trasladados a Asunción en 1541.
He aquí un fragmento bien significativo sobre las penurias de los pobladores de los Buenos Aires:














Una excelente representación algo tragicómica de la mirada de Tabaré























Moreno, Carlos. “Un poco de historia porteña”, en Temas de Patrimonio Cultural II, Comisión para la preservación del Patrimonio Histórico - Cultural de la Ciudad de Buenos Aires, Buenos Aires, EUDEBA, 1999.
Busaniche, José Luis. Estampas del Pasado Argentino, Edición Solar/Hachette. Buenos Aires, 1971, páginas 28/31.

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